Ésta es la crónica de lo que nadie cuenta: los infortunios gastronómicos, las combinaciones mal logradas, los días infelices en el micro-cosmos de la cocina. Le pasa a todo el mundo, incluso al más entusiasta, pero pocos lo admiten. Éste es un foto-reportaje dedicado a todos aquellos que abandonan el sartén (o el horno) después de un intento fallido. Un recordatorio de que la cocina es ensayo y error. Afortunadamente, todos tenemos que comer varias veces al día, así que hay bastante campo para probar, experimentar y errar. No se desanimen...
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Empiezo por esta receta mexicana de
ceviche verde. Tal vez demasiada salsa, tal vez las tiras de cebolla muy gruesas. Lo cierto es que la presentación quedó terrible.
Esta roca que ven abajo es un aborto de pastel de salmón. Estaba tratando de experimentar con la receta de
torticas de salmón, porque la mezcla me quedó demasiado aguada y no podía darles forma a las "hamburguesitas". En mi cabeza, la capa superior de semolina le iba a dar un color dorado hermoso al pastel. La realidad me dio una cachetada. Y de sabor: cansón, pesado. Una cosa es comerse un trozo moderado de salmón, otra un tolete compacto y sobrecargado. La moraleja del día: con el salmón no se juega. Aunque es un pescado versátil que da para mucho, tiene un sabor fuerte y una cantidad de grasa tal que pueden llegar a aburrir.
El
tacu-tacu de mariscos es una delicia peruana que consiste en una "masa" hecha con frijoles y arroz; en este caso, rellena de un sofrito de mariscos mixtos. La idea es que quede como una empanada, pero como pueden ver en la foto, la mano inexperta de la cocinera fracturó el tacu-tacu y quedó como una barriga abierta, con las tripas afuera.

Aunque todavía no he montado mi receta oficial de pan, muchos de mis amigos ya saben que desde hace varios meses mi cocina se ha convertido en una suerte de panadería hibérnico-lusitano-caraqueña. Justo ayer me puse a sacar la cuenta de cuántos tipos de harina hay en mi despensa: blanca e integral todo uso, blanca e integral reforzada, fufu (de plátano), harina pan y maseca, polenta y semolina, blanca leudante, de centeno, malteada y gram (de garbanzos). Lo que muchos no saben es que ya hemos partido dos piedras de hornear y que ha habido varios conatos de incendio. Aquí les paso varias muestras de lo que puede salir mal cuando los dioses del trigo (y afines) están de malas pulgas.
Ciabatta, el pan italiano por excelencia, no se ve tan excelente después de todo. Antes y después de hornearse:
Pan integral de nueces y frutas secas, en teoría. La realidad, un meteorito holandés:
Acemas o pan dulce andino. La idea es que quede un pan liso, de superficie suave y brillante. En los bollitos logré el brillo, pero igual se me fracturaron y quedaron pesados:
Arepas andinas (de harina de trigo, en lugar de harina de maíz). Hay dos métodos de preparación: uno, hacer un rollo con la masa y cortar las arepas del grosor deseado; otro, estirar la masa con un rodillo y cortar redondeles con un vaso invertido (o un cortador de galletas grande). No le conseguí el punto ideal a la masa, como pueden ver abajo:
Tratando de emular una receta de mi vecina de la adolescencia, hice este
pan de chocolate cuya apariencia infeliz masacró mis recuerdos de juventud. Pero no me desanimo. Ya tengo en mente una alternativa para hacerle un "
extreme makeover" a este pobre pan. Manténganse en sintonía.
Éstas no son maquetas de la falla de San Francisco. Son
panes de calabaza, tristemente fracturados. Aún estoy experimentando con esta receta, a ver si logro que no se rompan así (tal vez menos polvo de hornear, más baja temperatura, o una rociada con azúcar antes de meter al horno):
Ahora le toca el turno a los postres, tan susceptibles los desgraciados. Abajo pueden ver mis primeros
alfajores, un par de placas tectónicas deslizándose sobre una capita de
dulce de leche demasiado aguado.
En estos días, Hugo me dijo que estaba antojado de una de esas tartaletas rellenas de crema pastelera. En lugar de ir y comprarle una en cualquier pastelería, se me ocurrió la brillante idea de hacerlas yo misma en la casa. La crema pastelera, lo admito, sí la compré (y sabía a gloria), pero decidí no sólo hacer la
pasta quebrada, sino también darle un "toque" especial al postre: duraznos caramelizados. Bueno, creo que éste es el momento de confesar que si algo no me sale en la cocina son las cosas caramelizadas: frutas, nueces, siropes... Después de leer varias recetas en internet, decidí dejar el miedo y hacerlo. Pues aquí tienen el resultado: duraznos chamuscados. A todas estas, no sé cuál es el problema. Supongo que debe ser la temperatura a la que pongo el sartén (usualmente las frutas siempre me quedaban pálidas), pero tal vez es el sartén mismo (¿teflón?), o el hecho de que mi cocina no es a gas. O el tipo de azúcar que uso (morena, en general). En fin, que el pobre Hugo terminó comiéndose las tartaletas chamuscadas y yo terminé más frustrada que nunca...
Siguiendo con el tema, detallen la foto de abajo. Se supone que este
helado de chocolate va coronado con un praline de avellanas, que no es más que avellanas caramelizadas. Aquí pueden ver cómo el azúcar se cristalizó en lugar de caramelizarse.
Lo de abajo es "
Blackberry slump", una especie de torta húmeda con bayas frescas. Lo que nadie advierte (o lo que no tuve la lucidez de prever) es que los moldes no se deben llenar demasiado porque la torta crece y de desborda. Afortunadamente para mí, había puesto los moldecitos sobre una bandeja, y todo lo que cayó fue directamente a mi estómago.
Puedo decir que he preparado el
brazo gitano unas 50 veces, y la única vez que se me ocurrió tomarle una foto para las Gastrocrónicas, el condenado se me partió en el momento en que lo estaba acomodando para la sesión fotográfica. He aquí la foto original, antes del "
croppeo" pertinente.
Aunque es una foto que me encanta porque la luz de la mañana crea un ambiente increíble, hay que admitir que estas
galletas con chispas de chocolate quedaron espantosas, planas y deformes.
Y mejor no hablemos de éstas de
queso crema y mantequilla...
Esta
empanada dulce, teóricamente rellena de queso de cabra y frambuesa, decidió ser original y botar la mitad del relleno. El huequito superior es hecho a propósito (de lo contrario, al hornearse "explotan" porque necesitan botar el vapor por alguna parte), pero no debería desbordarse lo de adentro.
Éste es un flan triste. No es un quesillo venezolano porque usé una receta irlandesa, pero supongo que el mismo resultado puede ocurrir cuando se desmolda cualquiera de estos postrecitos.
Y, para hacerle compañía al flan, aquí tienen un
mousse de parchita / maracuyá deprimido y deprimente. Otra desmoldada infructuosa. Pero aprendí la lección y decidí servirlos en vasos de vidrio, para ahorrarme el dolor de cabeza.
Un clásico del desastre repostero es el merengue que no levanta. Pasa hasta en las mejores familias. Abajo, una pequeña muestra de
tres leches con los dos peores merengues que he (mal)hecho jamás:
En el Top 2 de este gastro-reportaje está la
causa limeña, uno de mis platos peruanos favoritos. La primera vez que lo preparé, hice una mayonesa casera que me quedó muy aguada; además, no compacté bien cada capa de ingredientes. El resultado final, este esperpento que ven abajo. De sabor, delicioso; de aspecto, abominable...
Finalmente, creo que el Top 1 de mis gastrodesastres lo ocupan, sin duda alguna, los dólmades. Sí, gastrolector, esa aberración que ven abajo es un intento (muy fallido) de hacer rollitos de hojas de parra. El error trágico no estuvo en el sabor (el relleno era de arroz y estaba delicioso), sino en la calidad de las hojas: eran demasiado pequeñas y muchas estaban fracturadas, así que los rollitos no quedaron compactos o bien envueltos. A la hora de cocinarse, muchos se reventaron. Creo que de ahora en adelante pagaré con gusto la cajita sobrevalorada de dólmades ya listos que venden en el Farmers' Market...
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Éstos no son ni los primeros ni los últimos desastres que he hecho en la cocina. Hay muchos, muchos otros platos que ni siquiera he tenido el valor de fotografiar. Pero el punto es que no es el fin del mundo equivocarse. Cocinar no requiere habilidades extraordinarias, sino paciencia y práctica. ¡Así que a practicar!
Hasta el próximo gastrodesastre,
C.